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Historia del Egipto Faraónico
 
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 Egipto. ¡Están locos!

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Maat



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MensajeTema: Egipto. ¡Están locos!   Dom Jun 01, 2008 10:38 pm

Gabriel Pernau | 02/06/2008 - 07:17 horas
La vida es como ir en bicicleta.
Hay que seguir avanzando para no perder el equilibrio
Albert Einstein
EL CAIRO




¿Podéis imaginar lo que es llegar a las doce de la noche, solo y con una bicicleta, sin reserva de hotel y sin hablar árabe, al aeropuerto de una ciudad donde viven dieciocho millones de personas? El avión de Egyptair ha ido perdiendo altura durante un buen rato y yo me he mantenido amorrado a la ventanilla. Todo lo que veía era el vacío, la oscuridad más absoluta. En un primer momento he pensado que estaba nublado, y que por eso la ciudad, que sin duda estaba ya a nuestros pies, se nos mostraba esquiva. Hemos seguido descendiendo, y cuando, con cierto resquemor, comenzaba a sospechar que nos habíamos pasado de largo, que El Cairo sufría un gran apagón eléctrico o que nos íbamos a estrellar, por fin millares de minúsculas chispas de luz han punteado la enorme desolación del desierto.

Ya hemos llegado, me he dicho.

Pero no. La nave ha proseguido su interminable caída hacia el abismo, y a medida que bajábamos, el asombro y el pánico se iban apoderando de mí.

Lo que ahora mismo nos rodea es impresionante. Jamás había visto nada igual. Quizá por inesperado, el recibimiento nocturno que la ciudad depara al visitante que llega desde el aire convierte en ridículos los superlativos más pomposos o a las mismísimas pirámides. Hay que verlo. En estos instantes, millares, qué digo, millones de lucecitas de color blanco o naranja inundan la noche hasta donde mi vista alcanza. Da lo mismo hacia dónde mires, a izquierda o a derecha del avión, por tu ventanilla o por las del otro costado: la megalópolis cairota centellea a los cuatro vientos hasta el horizonte como una descolocada cúpula celeste.

¿No querías una gran ciudad? Pues aquí la tienes, esperando tu llegada.

Las ruedas del avión contactan con el duro asfalto de la pista, el piloto echa el freno y una ola de aplausos y suspiros de alivio inunda la cabina.

Después, la locura.
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Maat



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MensajeTema: Egipto. ¡Están locos!   Dom Jun 01, 2008 10:38 pm

Unos operarios nos conducen por el interior de un aeropuerto en obras hasta la terminal donde nos entregarán el equipaje. Pregunto por la bicicleta, y me indican que espere. Un hombre con camisa azul se me acerca y me ofrece sus servicios. Es agente turístico, asegura blandiendo una credencial. Puede conseguirme un taxi para ir al centro, reservarme un hotel o contratarme un tour para mañana: lo que quiera.

-¿Y la bicicleta? -pregunto al de los equipajes.

Cinco minutos, promete.

En éstas que otro hombre me enseña, con discreción, una moneda de un euro. Quiere propina. Sonrisa de compromiso. Transcurre un cuarto de hora y mi bicicleta por fin aparece. Voy para entregar un euro a mi salvador... "¡No, no!", me frena una voz tajante a mi espalda. Es el agente turístico; por lo visto nos espían.

El hombre de la camisa azul me agarra por el brazo para que le siga, y se pone a andar a paso acelerado por el vestíbulo, sin darme tiempo a ver nada, y pese a que esta canción ya me la sé, le sigo hasta su pequeña y escondida oficina. El chino que venía en el mismo vuelo ha sido otra presa fácil, pero yo no estoy dispuesto a pagar una fortuna por algo que no lo vale.

¿Taxi? –me preguntan.

No.

-¿Hotel?

No. Quiero ir al centro en autobús –protesto-. Seguro que lo hay. Si no me quieren decir dónde está, suéltenme y ya lo encontraré.

Me pongo a hinchar las ruedas, desoyendo tarifas que caen en picado, y cuando el agente se aviene a ser razonable, sólo entonces, le prometo ir a uno de sus hoteles.

-Pero antes debe decirme dónde carajo está la parada de autobús. Aquí enfrente -reconoce, antes de entregarme una tarjeta del Hotel Ciao e insistir una y mil veces en que, sobre todo, no haga caso a nadie y vaya directo a su hotel.

Libre al fin, encuentro la parada, pero: ¡horror! No es que todos los indicativos, señales y carteles estén escritos en árabe. ¡Incluso los números están en la lengua de Mahoma! Con razón el policía de la aduana me ha dicho: "¿No habla árabe? Pues debería aprender".

Me he excusado. Lamentaba de verdad no poder hablar su idioma. Hace unos meses, compré un manual con la ilusa intención de aprender el vocabulario básico para desenvolverme en una conversación coloquial, pero desistí al tercer día de iniciar mis estudios. Me sentí incapaz de aprender su gutural pronunciación, de leer de derecha a izquierda unas letras que era incapaz de distinguir y que, encima, se escriben de forma distinta según vayan al principio, en medio o a final de la palabra. Encima, mis progresos con la lengua han sido mínimos, después de pasar por el Magreb, puesto que casi siempre me he servido del francés. En árabe, sé decir poco más que hola, adiós, buenos días, gracias, por favor, señor, agua, comida, aceitunas, pan, hotel, pinchos, montañas, subidas o bicicleta.

¿Y cómo sé yo ahora cuál es mi autobús?

-¿Ramsis Street? -preguto en el interior de un vehículo donde varios pasajeros aguardan al conductor.

Es aquel -responde un muchacho en inglés.

Voy hacia allí, y como no hay nadie, cargo la bici y tomo asiento.

"La, la", sacude la cabeza quien debe ser el conductor. Debo tomar un autocar de los grandes, me parece entender, esos que están allí atrás, los que tienen aire acondicionado, que no cuestan veinticinco piastras sino dos libras egipcias.

Un billete, pido. "La; itnin". Vale, pues dos: uno para mí y el otro para la bici.

El chófer cierra las puertas e inicia una desenfrenada carrera por una autovía periférica, circulando con las luces apagadas y sin respetar el ancho del carril, esquivando taxis y carros que circulan en dirección prohibida y abriendo las puertas sobre la marcha para saludar a un amigo.

Desde luego que si quería diversión, esto es más divertido que Tünez. ¡Estos egipcios están locos!

Entramos en la ciudad, y a pesar de lo intempestivo de la hora, las calles están atestadas de gente, en especial el sitio donde nos hemos detenido, una plaza junto a una estación de tren en la que confluyen varios viaductos, todo ello ocupado por centenares de personas, decenas de furgonetas-taxi y una especie de mercadillo nocturno.

-Hemos llegado -anuncia el conductor.
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MensajeTema: Egipto. ¡Están locos!   Dom Jun 01, 2008 10:39 pm

Qué! ¿Aquí tengo que bajarme yo? -rujo yo, estupefacto, apabullado, sintiendo que me echan a los leones.

Y sin tiempo a reaccionar, me encuentro abandonado por el autobusero y su vehículo, que se pierden entre el tráfico. Sólo uno de los pasajeros permanece a mi lado. Se trata de un voluntarioso hombre con unas lentes del grosor de culos de botella que se ofrece a acompañarme.

Pero también él va un poco perdido. Pide ayuda y, tras preguntar aquí y allá, un señor con un móvil Nokia de última generación nos orienta. "¡Salam!", saluda animoso al recibir una llamada, y cuando me dispongo a partir a la aventura, interrumpe la conversación: "¿Seguro que ha comprendido? Muy bien. ¿Cuántos días se va a quedar aquí? Estupendo. Este es mi número de teléfono. Llámeme si necesita algún servicio".

Subo por el viaducto que me ha indicado, sigo una calle paralela a la vía del tren y a los dos kilómetros me veo perdido en la oscuridad y entre edificios ruinosos. "Te has pasado de largo", me advierte un chico, que, para acabar de confundirme, me informa de que muchas calles tienen dos nombres, uno en un sentido, otro en el contrario. Y digo yo: ¿no podrían hacerlo más complicado?

Pregunto en un restaurante por el Hotel Ciao y la tarjeta aclara dudas: "Ah... Funduk Giao". Sí, está en la calle de atrás, me dicen. Y yo para allí, pero como no lo veo, antes de perderme de nuevo entre carteles incomprensibles, regreso al local en demanda de ayuda y un hombre me conduce a pie hasta mi destino.

Entro en la recepción del hotel con una sensación de triunfo parecida a la que debían experimentar los emperadores al regresar a Roma. Por supuesto, ya me esperaban, y por supuesto también, el recepcionista habla inglés, que por algo Egipto fue colonia británica.

-Yes, sir.

Sir. Ese soy yo. Tendré que acostumbrarme a este trato los próximos días.

-¿Quiere un tour para mañana, sir? -pregunta minutos antes de que caiga, vencido, sobre mi cama. Lo que usted diga. Firmaría mi sentencia de muerte con tal de que me dejaran solo en mi habitación.

El Hotel Ciao tiene ascensorista, un personal numeroso que siempre saluda –"good morning, sir"- y suelos que relucen que es un primor. Todo muy british, incluso el café del desayuno, que se limita a una taza con agua caliente y un sobrecito de Nescafé.

Desde la cafetería, sita en la duodécima planta, la visión de la megaciudad intimida. Las lucecitas de anoche se han apagado, y en su lugar ha aparecido una masa desordenada de edificios superpuestos unos encima de los otros, como queriendo arañar espacio urbano donde no lo hay, con las azoteas llenas de infraviviendas, trasteros, antenas y carteles publicitarios. Fachadas y tejados están cubiertos de una gruesa capa de polvo aterciopelado que lima aristas y tiñe el paisaje de un horripilante color marrón.

De las calles llega el incesante concierto del caos que interpretan los miles de conductores que hacen sonar sus frenéticos claxons con la intención de abrirse paso en esta selva urbana.

Estoy ansioso por bajar. Me excita la idea de enfrentarme a El Cairo a solas. ¿No pude anoche llegar hasta aquí? Pues pienso visitar las pirámides sin apuntarme a un tour organizado, claro que sí. Ese es mi reto, mi único propósito en la ciudad, porque, para mi desgracia, sólo puedo dedicar un día a la capital egipcia. De modo que me escabullo del recepcionista, que, rápido de reflejos, me ofrece paquetes turísticos o el coche del hotel, y antes de que me venda algo, ya estoy en la calle.

El Cairo es Masr, nombre que tanto sirve para designar a la ciudad como, por extensión, al conjunto del país. Sus orígenes son mucho más recientes de lo que las pirámides dan pie a suponer. Nunca fue una capital faraónica. Se fundó en el siglo X, en tiempos de los fatimidas, una dinastía que dominó el norte de Africa. Su desarrollo se debió al Nilo, claro, pero también a su proximidad al delta y a la ruta caravanera que se dirigía a Arabia a través del mar Rojo y del desierto del Sinaí.

La ciudad se convirtió en uno de los principales mercados de Oriente. Aquí arribaban mercaderías procedentes de China, de India, del centro de Africa y de Europa. Y aquí florecía el conocimiento, en lugares como la universidad Al Azhar.

Hasta el siglo XX, fue el punto de salida de una de las principales caravanas que se dirigían a la Meca. La peregrinación de 1806 contó con, por lo menos, un intruso. Tres años después del inicio de su viaje en Tánger, Alí Bey partió de los alrededores de El Cairo embarcado en una expedición formada por cinco mil camellos: "Se dio la señal de partida y enseguida aparecieron de todos los puntos del horizonte largas hileras de camellos, saliendo de sus campamentos respectivos para reunirse al gran grupo, que no tardó en ponerse en marcha, dirigiéndose hacia el este por en medio del desierto".

Le acompañaban "gente de todas las naciones musulmanas que iban a hacer la peregrinación". El lujo de sus compañeros de viaje era tan evidente, que el europeo lamentaba disponer sólo de catorce sirvientes y de dos caballos, de lo que se deduce que un caballo era bastante más caro que una persona.

Más cauto, Jan Potocki se había conformado, dieciocho años antes, con ver la partida de la comitiva a escondidas: "A pesar del cuidado que pusimos en mantenernos ocultos detrás de una especie de sobradillos, nuestros turbantes a la drusa y nuestro aire extranjero no dejaron de atraer la atención de algunos jóvenes mamelucos, que, desde un tejado vecino nos estuvieron lanzando naranjas verdes y piedras (...). Algunos jinetes se divirtieron dirigiendo algunas flechas sobre nuestras ventanas".

Hace ya mucho tiempo de todo ello. Los egipcios han sustituido el camello por el autobús. Y este es el medio de transporte que busco ahora para que me acerque a las pirámides.

"Tiene que ir a la plaza Midan Abdel Moniem Raid", me informa en un suspiro un muchacho. Ha dicho la plaza Midan Ab... "El metro mejor que no lo coja porque va muy lleno" y, en cuanto al autobús, soy yo quien renuncia. Estamos justo al lado de la parada, a la que llega una sucesión de vehículos con las puertas abiertas de los que se apean inauditos contingentes humanos. Una decena de policías, asidos de las manos formando un cordón, se las ven y se las desean para contener a la multitud que, saltando vallas y esquivando uniformes, trata de cruzar una amplia avenida con semáforos fuera de servicio sin importarles la avalancha de tráfico rodado que se les viene encima.
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Maat



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MensajeTema: Egipto. ¡Están locos!   Dom Jun 01, 2008 10:39 pm

"¿Quiere ir a pie? Pues siga recto hasta una gran plaza", me dirige el chico.

Tras media hora de paseo por una acera llena de socavones, llego a la plaza en cuestión, de nuevo rodeado por una sucesión de viaductos y atascos. Hay varias paradas de autobús, y en un puesto de información, para que no me pierda, un operario de la compañía escribe en un papel mi destino y el autobús que tengo que tomar.

No muy seguro de estar en el sitio indicado, me sitúo en una esquina, junto a otras personas. Los autobuses no se detienen y en poco rato soy testigo de escenas inverosímiles, como la que protagoniza una mujer, dispuesta a inmolarse, que se sitúa en medio de la trayectoria de un vehículo, brazos en alto, para obligar al conductor a parar. O qué decir de los milagros que suceden en la plaza Midan Abdel Moniem Raid, donde las ancianas practican los cien metros lisos y los cojos parten a la carrera, como si el bastón fuera una tercera pierna, hasta que alcanzan la puerta del autobús y, en el último suspiro, una mano salvadora los abalanza hacia el interior.

Añádase a esta imagen conductores que salen de un atasco marcha atrás, presuntas suicidas que, con un niño en brazos, cruzan un paso elevado de cuatro carriles donde se circula a alta velocidad, ejecutivos que se ponen a andar entre los coches con la vista perdida mientras hablan por el móvil o la machacona sinfonía de centenares de claxons sonando a la vez, y se obtendrá un cuadro aproximado de lo que es un día cualquiera en El Cairo.

"¡El 357, su autobús!", vocifera un hombre a mis espaldas. "¡Es éste!". Tardo unos segundos en reaccionar, y entre que trato de confirmar que se trata del 357, que compruebo que el tres es un tres y el cinco un cinco, antes de llegar al siete acabo de perder el autobús.

Memorizo los números que tengo que recordar y, veinte minutos más tarde, tampoco soy lo bastante rápido.

Al siguiente autobús que llegue con tres dígitos, lo paro, aunque me tenga que arrodillar sobre la calzada. Y sí: a la tercera va la vencida. A las pirámides.

Pasamos junto al ancho Nilo, en cuyas aguas reposan faluchos y cruceros, y en cuyos márgenes crecen, por un igual, jardines de inmensos árboles, mezquitas y restaurantes con bonitas terrazas. Soy el único pasajero que se percata de que atravesamos el río. El resto, incluidas las muchachas de ojos claros que viajan dos asientos más adelante, han echado las cortinas.

"¡Sir! Hemos llegado", me advierte una hora más tarde el conductor. Bajo y me incorporo al seguido de gente que camina cuesta arriba y a los pocos metros me veo arrastrado a unas cuadras donde quieren venderme una excursión en camello, a caballo o en carro.

-¡Quita! ¡Que no! Que quiero ver las pirámides por mí cuenta –le digo al chiquillo.

Se cansará, sir.

-Pues me cansaré.

Por fin llego a las pirámides. Ya en las taquillas, apoyo mis posaderas en un muro para contemplar las imponentes moles que emergen de las arenas de Gizé. No diré que Keops, Kefrén y Micerinos, con sus cerca de cinco mil años de antigüedad, no sean impresionantes, porque lo son. Pero menos. Esta noche escribiré a mis amigos: "Las imaginaba más grandes". ¿Que querré decir con eso? Pues que cada vez que me encuentro ante uno de los tótems turísticos universales, cierto aire de indiferencia se apodera de mí. Me pasó cuando visité por primera vez la torre Eiffel, la muralla china o el Vaticano. Son imágenes tan vistas en cine, libros o televisión, que el día que las contemplas en directo, la imagen real que tienes delante apenas modifica la que llevas grabada en la memoria.

Claro que una cosa es ver y otra distinta tocar, sentir. Así que para adentro. Pero ¿con o sin guía? Un hombre vestido con galabiya, la tradicional túnica sin cuello, me ofrece sus servicios. Muestra un carnet de guía, parece que habla un inglés correcto y dice que hace cuarenta años que trabaja aquí. Me convence: me vendrá bien alguien que conozca un lugar con tanta historia. Y con esa idea entramos.

Enseguida llegan las complicaciones. Comienza por que le dé mi entrada, a lo que me niego, y a la tercera explicación ya compruebo lo limitados que son tanto su inglés como sus conocimientos. "Esta pirámide se construyó con alabastro de Asuán, que tardaron diez años en traer hasta aquí y diez años en cubrir toda su superficie. A esa otra no iremos porque está demasiado lejos. ¿Quiere que alquilemos un caballo?".

Me detengo en seco, intento despedir a mi guía previa indemnización de quince libras y, enzarzados en una discusión, se nos acercan dos policías a camello. Intentan apaciguarme, me prometen que el señor es un "number one" y a cambio, al marcharse, reciben una gratificación.

Si yo sudo, el guía parece un surtidor. Ahora quiere enseñarme un cementerio en el que están enterrados los trabajadores que murieron en la construcción de las pirámides, y junto al cual el hombre hace un pis.

-Sígame: le enseñaré el museo de los papiros. ¿Sabe qué es un papiro?

Le sigo de una mala leche impresionante. No sé cómo sacármelo de encima. Me siento atado por el acuerdo al que hemos llegado.

Pero al salir del recinto y ver que me lleva a una tienda, estallo en cólera y me niego a continuar. Y entonces es él quien dice basta, que le pague y que se va. Seguramente teme perder la exagerada cantidad de dinero que hemos pactado a base de repartir propinas a diestro y siniestro, porque en una hora lleva tres.

Resuelvo darle cincuenta libras en lugar de las setenta prometidas, que es lo que me ha costado la pasada noche o lo que cuestan dos excursiones a caballo. Y aun se marcha protestando.

Por fin solo, visito el templo de Gizé, fotografío la esfinge, paso por la inmensa sombra de Kefrén y me siento en uno de los peldaños inferiores de Keops.

Quedan lejos los tiempos en los que se permitía escalar los ciento cuarenta metros de la pirámide, y, con la ayuda de un cincel, uno podía grabar su nombre en las milenarias piedras.

Por cinco insignificantes minutos me quedo sin poder visitar el interior de la mayor de las pirámides. Pero casi me apetece más quedarme contemplando las monerías que hacen ante la cámara unos chavales japoneses teñidos de rubio.

Por el recinto deambulan rusos, checos, alemanes, portugueses, españoles, franceses, italianos, chinos o coreanos, deseosos, todos, de conocer una de las llamadas cinco maravillas del mundo. Escasean los anglosajones, en cambio, en este año de la invasión de Iraq. Y tampoco hay muchos árabes. Hasta hace poco, los egipcios rechazaban su pasado faraónico, e incluso hubo un intento, cinco siglos atrás, de demoler las pirámides. Pero Potocki tenia razón: su masa es indestructible. Todo cuanto consiguieron fue dañar la superficie de Micerinos.

Hoy, los egipcios aceptan que sus orígenes son diversos, no sólo árabes. Y bien que les va. Los cinco millones de personas que les visitan cada año aportan a las arcas del país una cuarta parte de sus recursos económicos.

Gizé ha ejercido una poderosa atracción sobre los occidentales. Hace más de dos mil años, las colosales construcciones ya eran visitadas por los romanos y, durante la Edad Media, por numerosos viajeros que desembarcaban en Alejandría camino de Tierra Santa.

En el siglo XVIII aparecen los primeros turistas tal como hoy los conocemos. Eran gentes intrépidas y de recursos que se movían más por el ansia de conocer que por motivos religiosos o circunstanciales. Jan Potocki fue uno de ellos. En 1784 visitó Turquía y Egipto, y años más tarde publicó las cartas que fue mandando a su madre.

Libros como el suyo popularizaron Egipto y Tierra Santa en Europa y, menos de un siglo más tarde, apareció una persona dispuesta a organizar viajes al Nilo y a Gizé.

El hombre en cuestión se llamaba Thomas Cook. Era un antiguo sacerdote bautista que, a mediados del siglo XIX, pretendió arrancar a los ingleses de las tabernas a base de educación. Su idea era sencilla. El ferrocarril era un medio de transporte reciente y permitía algo tan inusual en la época como llevar a centenares de personas al mismo tiempo de una ciudad a otra. El 5 de julio de 1841, organizó un viaje de Leicester a Loughborough y el experimento fue un éxito. Quinientas personas pagaron un chelín por un desplazamiento que cubría la muy considerable distancia de doce millas.

Cook acababa de dar con un filón. En los años siguientes, trazó nuevas rutas, y en 1851 consiguió llevar a ciento cincuenta mil hombres y mujeres a Londres. El inglés preparaba los viajes de forma exhaustiva, editaba publicaciones sobre los lugares a visitar y negociaba con propietarios de hoteles y compañías ferroviarias las tarifas más económicas. Sus clientes no eran la aristocracia ni la alta burguesía, sino las cada vez más numerosas clases medias.

Pero este pionero de los agentes de turismo no se conformaba con su país. Quería ir más allá. En 1855 preparó su primer tour fuera de las islas, un periplo con escalas en Bruselas, Colonia, el Rhin, Heidelberg, Baden Baden, Estrasburgo y París, y en 1863 descubrió a un reducido número de británicos las bondades de Suiza y de la recién nacida Italia.
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Maat



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MensajeTema: Egipto. ¡Están locos!   Dom Jun 01, 2008 10:40 pm

En 1869 vio triunfar su plan más ambicioso. Thomas Cook se llevó a treinta y dos turistas de postín a la inauguración del canal de Suez. Su proyecto iba bastante más allá de ir y volver a Egipto. La propaganda lo anunció con el lema "A Egipto vía China". Se trataba nada menos que de atravesar el Atlántico, cruzar el nuevo continente, desde Nueva York a San Francisco, en tren, visitar Japón, China, Singapur, Ceilán e India, y, una vez en Bombay, embarcarse de nuevo hasta el Mar Rojo para acabar de llegar a Egipto.

Su vuelta al mundo tuvo una gran repercusión. La experiencia se repitió en años sucesivos, y Thomas Cook y su hijo John se adueñaron del turismo por el Nilo. Durante varias décadas, sus vapores fueron los únicos autorizados a surcar el río, y Luxor y Assuán, dos ciudades que habían permanecido casi inalteradas durante siglos, se transformaron con la llegada de los primeros cientos y más tarde miles de europeos.

Es posible imaginar el impacto que supuso la llegada de hombres con bombachos y prismáticos al cuello, de mujeres tocadas con emplumadas pamelas. La súbita irrupción, en sociedades aisladas, de visitantes llegados de tierras lejanas con el único propósito de curiosear era un fenómeno realmente innovador. Tan nuevo era, que ya nada sería igual, a partir de entonces. El turismo de masas acababa de nacer.

"Desde hace unos años viene menos gente a causa de los conflictos de Israel e Iraq, pero ya se está recuperando", me cuenta un guía turístico que vuelve para casa después de pasar el día con un grupo de alemanes. El joven me pregunta por las mezquitas que hay en España y por las palabras españolas que vienen del árabe, y, sin que me dé tiempo de contarle mucho, llegamos al centro.

En la calle reina el mismo bullicio que esta mañana. La diversidad de rostros que me envuelve es sorprendente, casi una lección de etnias del mundo. Hay pieles y ojos de todos los colores, narices de las formas más diversas. Se ven mujeres jóvenes que pasean junto a sus maridos cubiertas de negro, incluso las manos, y otras que, en las terrazas, hacen mimos a su novio.

Sí; esta ciudad me gusta. Con razón Terenci se enamoró de ella. En las pocas horas que llevo aquí ya la siento un poco mía. Siempre hay algún individuo que intenta llevarte a su perfumería para venderte alguna de las fragancias que elabora de forma artesanal. Pero cuando te percatas de la encerrona comercial que te preparan, es fácil escabullirte. Tiendes la mano, el hombre no tiene más remedio que estrechártela y, como ya te has despedido, te deja marchar con una sonrisa.

En un pasaje encuentro un café de lo más vistoso, con las paredes y el techo repleto de pinturas en relieve de colores, ornamentación geométrica y floral. Luego me enteraré de que es el café Al Shamas Gedida, famoso tanto por su antigüedad como por la avaricia de sus camareros.

Pero es un sitio tranquilo, sin el agobiante ruido del tráfico, donde sólo se oyen conversaciones y una música repetitiva que parece no tener fin. Una pareja de ancianos juega al ajedrez y varios hombres fuman la pipa de agua, que aquí llaman chicha, mientras dos limpiabotas corretean sin cesar entre las mesas, cargados con zapatos o haciendo sonar unos cartones, con un repiqueteo nervioso, para advertir a la posible clientela de que vuelven a estar disponibles.

"Salaaaaam...", me sobresalta una voz de ultratumba. Una especie de eremita con barba y túnica ha dejado sobre mi mesa un papelito que parece contener un texto del Corán. Luego viene a recoger su propina o baksish, acompañado por un niño que, tras probar mi Pepsi, se lleva la botella entera.

Ceno en el interior de un local pequeño y atiborrado. Hubiese preferido una mesa fuera, pero en los países árabes las necesidades del estómago se satisfacen en espacios cerrados, aunque sea algo tan insignificante como comerse un helado o un dulce.

Y luego me agencio una silla en una terraza, para disfrutar del espectáculo de la gente, el mejor que he encontrado en El Cairo, para ver cómo los vendedores ambulantes pasean sus baratijas. Uno que lleva turbante muestra una tela llena de relojes de pared y de pulsera a dos hombres que estudian la mercancía a conciencia. Otros venden teléfonos, termómetros, linternas y transistores; discos compactos, collares de todos los colores; pañuelos de papel; calcetines; espantasuegras o pizarras de plástico.

Los vendedores gritan, como todo el mundo. También gritan los camareros al personal de barra para que atienda de una vez los pedidos, grita el niño que juega al fútbol y gritan los clientes que llenan la terraza. Todo el mundo grita, y esta informalidad me gusta. No hay esa rigidez de otros países árabes. Aquí me siento libre. Ya no hace falta que mida cada palabra que pronuncio y cada gesto que hago. Puedo estirar piernas y brazos, bostezar cuando me apetezca o mostrar mi enfado sin temor a molestar a nadie. Y algo también importante: aquí la gente no se refugia en casa a partir de las nueve.

Sí; creo que Egipto me va a gustar.

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20080602/53462786920.html
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elvira



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MensajeTema: Re: Egipto. ¡Están locos!   Lun Jun 02, 2008 11:49 pm

Shocked que aventura Very Happy

saludos
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Ramses Al-Mursí



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MensajeTema: Re: Egipto. ¡Están locos!   Miér Jun 11, 2008 7:35 am

Juas juas juas, pero es que Masr es así.
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nefer11



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MensajeTema: Re: Egipto. ¡Están locos!   Miér Jun 11, 2008 11:02 pm

Ostras!!!! me ha encantado el relato, lástima que no haya más
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MensajeTema: Re: Egipto. ¡Están locos!   Hoy a las 8:49 am

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Egipto. ¡Están locos!
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