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 Arden los ríos La pugna será por agua

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Maat



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MensajeTema: Arden los ríos La pugna será por agua   Dom Jun 15, 2008 5:37 am



Ninguna definición de río que el viajero conozca incluye la mención
obligatoria de sus puentes. Es un grave error. Sin puentes, el río pierde su
identidad fundamental, que es la voluntad de la simetría. Sin puentes, el río es
una frontera tribal, un barranco, un estéril finisterre sin actividad
comunicativa». Son palabras extraídas de «Ebro/Orbe», la certera y melancólica
reflexión de Arcadi Espada sobre el río más caudaloso de España. Así era cuando
estudiábamos geografía española, una asignatura a extinguir, acaso como el país
por donde corre. Los puentes, como las cercas, «hacen buenos vecinos». Los ríos
pueden ser fuente de comercio y entendimiento, pero también objeto de deseo y de
conflicto cuando la demanda crece y el caudal escasea. El agua de muchos ríos se
volverá roja si se cumplen los augurios del secretario general de la ONU: «A
medida que la economía global crece, así lo hará su sed... muchos conflictos se
adivinan en el horizonte». Al elenco de materias primas cada vez más codiciadas,
el agua va camino de convertirse en el oro negro de este siglo incierto. Sin
embargo, el semanario «The Economist» recordaba recientemente los hallazgos de
un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Oregón: los ríos han
dado pie a más acuerdos que enfrentamientos. No sólo hay 263 corrientes
transnacionales, sino que en el último medio siglo se han firmado 400 tratados
sobre el uso de los ríos. El tratado sobre el Indo entre India y Paquistán ha
superado dos guerras y 175 pueblos fronterizos de España y Portugal han hecho
del Duero fuente de riqueza compartida.
El tratado de Westfalia consagró en 1648 la soberanía de los
Estados sobre sus dominios, un principio ratificado por la Carta de la ONU. Pero
igual que se debate el derecho de injerencia, ¿qué hacer cuando un Estado se
apropia de un caudal y deja morir de sed a «extranjeros» que viven río abajo? El
drama de Darfur se explica en parte por el drenaje y la desecación de tierras
que compartían ganaderos árabes y agricultores africanos. Se teme que los 160
millones de almas que hoy se sacian del Nilo serán el doble en unas décadas. Ya
en 1965, Marcel Merel señalaba en «La vida internacional» que la situación
geográfica es un factor de dependencia con respecto a los vecinos: «Egipto ha
tenido necesidad de establecer un acuerdo con el Sudán, en 1959, concerniente al
reparto de las aguas del Nilo, sobre las cuales Etiopía y Kenia también reclaman
sus derechos». La pugna por el agua ha causado muertes en Somalia, Etiopía (que
quiere sacarle más jugo al Nilo Azul para su agro) y Kenia. La falta de agua
atiza movimientos separatistas en Mauritania, Malí y Etiopía. El «Atlas» que
elabora «Le Monde Diplomatique» indica que 1.100 millones de personas carecen de
agua potable y que 2.400 millones no cuentan con instalaciones sanitarias
adecuadas, y que un puñado de países posee el 60 por ciento de las reservas.
Asia, donde vive el 60 por ciento de la población mundial, tiene sólo el 30 por
ciento del agua disponible.
Si antes era rico el que poseía tierras, ahora es el dueño del agua
el nuevo «terrateniente». El mayor desafío para el desarrollo de Oriente Próximo
sigue siendo el agua. Jordania e Israel sufren un déficit de agua cercano a los
300 millones de metros cúbicos al año. En la franja de Gaza ese déficit supera
los 80 millones, a causa de la superpoblación y del consumo de las colonias
judías. El bíblico Jordán, arteria de vida en tierras áridas, es codiciado por
árabes e israelíes. El Éufrates («el río», en griego) configura con el Tigris la
Mesopotamia clásica: país entre ríos. Con multitud de presas en el tramo turco,
la escasez crónica de auga en la región atiza la ansiedad de Bagdad ante la
política hidráulica de Ankara. El conflicto de intereses entre China y sus
vecinos está servido a cuenta de dos ríos que nacen en la región de Xianjiang:
Pekin ha desviado parte del curso del Irtysh, afluente del Obi ruso, y está
sacando más agua del Ili, que desagua en el lago Balkhash, en Kazajstán. Algunos
expertos temen que el lago kazajo corra la misma suerte que el Aral.
«El que tiene más poder impone sus condiciones. El agua se puede
convertir en material volátil, explosivo. La presión sobre los recursos se hará
más grande a medida que se reduzcan o agoten. O cambiamos los parámetros de
consumo o nos encontraremos con graves problemas», dice el ingeniero químico
Miquel Carrillo, miembro de Ingenieros sin Fronteras. Recuerda cómo en España
hemos sido pioneros en el uso y regulación de un bien escaso, como es el
Tribunal de las Aguas de Valencia, el más antiguo del mundo. Destaca sin embargo
Carrillo que «España ha vivido un cambio de paradigma. De ser pobres a muy
desarrollados, ha crecido mucho el consumo y se ha dejado de lado la cultura de
la escasez.En un país montañoso como España, los ríos han sido corredores
naturales y fuente de cohesión. Pero el litoral ha seguido creciendo por encima
de sus recursos. Eso ha fomentado desequilibrios territoriales, agravados por
una reducción de las precipitaciones. No hay que traficar con los caudales. Eso
es absurdo. Se maneja muy mal la cuestión de la solidaridad. Todos tenemos
derecho al agua. No cabe decir «el Ebro es mío». El debate se ha salido de madre
y se ha hiperpolitizado con tintes nacionalistas. Hay que seguir con una gestión
unitaria de las cuencas».
Este río es mío
Frente a quienes ironizan sobre el supuesto de que algunas
iniciativas del Gobierno socialista rompen España, el historiador y profesor de
Ciencias Políticas Antonio Elorza argumentaba recientemente en un artículo que
la «deriva confederal» lleva a delirios como «a cada comunidad, su río», de tal
forma que «la soberanía de una comunidad sobre tales recursos contradice el
interés general». Elorza lamenta que «la idea de solidaridad característica de
la izquierda haya sido reemplazada por la defensa a ultranza de los propios
intereses económicos». Ahí enlaza con la desazón que destila Espada en su
palíndromo «Ebro/Orbe», donde constata con José Ramón Marcuello, uno de los que
más y mejor han escrito sobre el Ebro, que Zaragoza se construyó en gran medida
de espaldas a su río, al que ahora la Expo del Agua parece haber redescubierto.
Paradójicamente, los preparativos de la inauguración del evento se vieron
ensombrecidos por un caudal multiplicado por las copiosísimas lluvias de mayo,
que han dejado en entredicho la política paliativa de la Generalitat catalana
para llevar agua de beber a la sedienta Barcelona y la no-política del Gobierno
central, temeroso de agitar la cuestión del agua: nitroglicerina política. Como
si los dioses del río se hubieran encabritado por la estupidez de los humanos.
Antes de llegar a la melancólica conclusión de que en la piel de toro se ha roto
«la trama de los afectos», Espada confirma que «España es, ciertamente, una
empresa difícil, fracasada, utópica», sobre todo cuando algunas de sus
comunidades autónomas «deben ponerse de acuerdo para impulsar algún proyecto en
común, dictado por la geografía ola historia».
Acaso la metáfora más límpida de la existencia, desde el famoso río
de Heráclito al de Jorge Manrique, los ríos pueblan el imaginario popular, desde
el majestuoso San Lorenzo que liga los Grandes Lagos con el océano Atlántico al
tenebroso Congo por el que Joseph Conrad se adentró en «El corazón de las
tinieblas», un río que, entre otros recorrió Javier Reverte, empedernido amante
de los cauces. En «El río de la desolación. Un viaje por el Amazonas», donde
estuvo a punto de perder primero la vida, después la razón, dice Reverte: «Un
río es algo más que un gran caudal de agua. Yo creo en el alma singular de los
grandes ríos. En cierto modo, nos hablan, y no siempre lo que nos dicen posee un
significado benigno. Lo he sentido en todo momento cuando los he navegado. Los
ríos han estado en un par de ocasiones a punto de matarme y luego, con cierto
desdén, me han perdonado la vida. Pero también me han enseñado mucho sobre los
hombres y sobre mí mismo».
Parece evidente que, como recalca el «Economist», «un planeta
sediento es difícil que sea estable o pacífico». Los más pesimistas piensan que,
respecto al cambio climático, hemos traspasado ya el punto de no retorno, y que
las heridas infligidas a la Tierra son irreversibles. Los grandes ríos parecen
ajenos al tinglado de la necesidad y la codicia. Pero acaso prevalezca el
sentido común y los ríos vuelvan -aunque nos arrastren a la laguna Estigia- a
ser fuente de conocimiento, comercio y entendimiento, y no se haga realidad el
vaticinio del antropólogo Claude Lévi-Straus en sus «Tristes trópicos»: «El
mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él».
TEXTO: ALFONSO ARMADA INFOGRAFÍA: CARLOS AGUILERA
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