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 Espejismos de Damasco

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Maat



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MensajeTema: Espejismos de Damasco   Sáb Ago 30, 2008 1:29 am

Espejismos de Damasco
La eterna vitalidad de la capital siria, entre el zoco y la mezquita de los
Omeyas. Y de ahí, a las fabulosas ruinas de Palmira

Siria es una república laica. La población, en su mayoría
sunita, también se compone de chiitas, drusos, cristianos: la pluralidad
enriquece las costumbres y la fisonomía de las ciudades. Ése es el primer
conocimiento que debe adquirirse antes de solicitar el visado y volar hacia uno
de los escenarios de Las mil y una noches. Los relatos de Sherezade se
nutren de la cultura cotidiana, que después incorporará las narraciones de la
literatura a la vida; en Damasco se escuchan extrañas conversaciones: un hombre
relata cómo la pasada noche vio volando sobre los tejados al presidente Assad,
que en un momento aterriza sobre la azotea de Alí y se pone a tender ropa...
Damasco es un espacio mítico y a la vez material, el espejo y él a través del
espejo: la ciudad y su espejismo se asientan en las mismas coordenadas y nos
hablan de los difusos límites entre la historia y las ficciones.
Hitos heredados de tradiciones superpuestas recorren uno de los asentamientos
urbanos más antiguos del mundo: el camino de Damasco donde san Pablo encontró a
Jesucristo, y la puerta (Bab Kisan) por la que se dice que el mismo santo,
iracundo, escapó de la ciudad suspendido en un cesto; en un punto de la montaña
se localiza el lugar exacto -cualquier exageración es poca- donde Caín mató a
Abel y, al ver cómo un pájaro enterraba un despojo, le dio sepultura,
inaugurando el rito del enterramiento; aquí está la tumba de Saladino y la de
san Juan Bautista, en el centro de la sala de oración de la mezquita de los
Omeyas, asentada a su vez sobre el templo de Júpiter; aquí descansan los restos
de la nieta de Mahoma, Say'yeda Roqayya, en una mezquita chiita a la que acuden
en peregrinación fieles procedentes sobre todo de Irán para llorarla a lágrima
viva mientras escuchan el relato de la decapitación de una niña de cuatro
años...
Visitar esta mezquita, adornada con espejuelos, casi tan kitsch como
un casino de Las Vegas, es tan estremecedor como una procesión de Semana Santa;
me pongo el hábito negro con el que las mujeres se cubren y entre ellas me
confundo: lloran, comparten el pan ácimo y arrojan sobre el techo de la tumba
muñecos y dulces. ¿Ciudad tumba? Al revés: la ciudad es bulliciosa, no cierra,
los restaurantes no tienen horario -los damascenos comen y beben cuando sienten
hambre o sed-, y Damasco, de noche, bajo su tenue iluminación, es un espectáculo
bellísimo: la montaña sobre la que se apoya y se extiende es como un muro de
estrellas empotradas.
Damasco está aproximadamente a noventa kilómetros de Líbano. En su parte
moderna, las avenidas se parecen a las de cualquier ciudad del Mediterráneo
occidental; las edificaciones se caracterizan por sus filos redondeados. La
ciudad se salpica de palmeras y de hibiscos, manchas verdes que suavizan la
inminencia del desierto. Limpieza y amplitud. Pero lo más hermoso es la ciudad
vieja, declarada patrimonio mundial en 1979. Siguiendo el hilo de una calle
protegida del sol por frescos emparrados, una calle con cafés donde las mujeres
y los hombres comparten las arguilas y los vasitos de té verde, se llega
a las inmediaciones de la mezquita de los Omeyas: en uno de sus laterales hay
tiendas donde se puede comprar artesanía palestina, cacharros, productos de seda
cuya autenticidad se me hace sospechosa cuando un turista pregunta con qué se
fabrica y le responden que es una seda "hecha de borrego".
Patio de mármol blanco


Entre hercúleas columnas aparece la plaza que da entrada a la mezquita y al
zoco cubierto de Midhat Pasha, que serpentea sobre la raya del antiguo decumano
(una de las vías principales) de la ciudad romana, cuyas murallas y puertas aún
ciñen el cogollo de Damasco. El interior de la mezquita es esplendoroso y, sin
embargo, más austero que el del templo chiita donde descansan los restos de
Roqayya; su bellísimo patio de mármol blanco e incrustaciones doradas y verdes
-el verde es el color del islam y así se iluminan de noche los minaretes- es un
centro social donde los damascenos comen, conversan, miran, mientras los niños
juegan descalzos a la pelota... En la mezquita sunita yo también me descalzo y
esta vez me visten con un hábito beis de tela ligera. Junto a la mezquita está
la tumba de Saladino: la visita ha de realizarse en un respetuoso silencio. Sin
embargo, en todas partes se pueden tomar fotografías.
En el zoco, los comercios se entretejen con minúsculas mezquitas, con el
caravanserai (albergue para las caravanas comerciales, generalmente con
un gran pórtico que conduce a un patio rectangular), con callejas donde las
antiguas mansiones de Damasco acogen en sus patios pulcros restaurantes; se
sirve humus, pollo a la brasa, un tabulé que aquí es una ensalada de
perejil.
Bajo una cubierta metálica que recuerda a las antiguas estaciones de
ferrocarril, los vendedores no ofrecen al paseante lo más bueno, más bonito y
más barato, sino que esperan a que se acerque si es que le interesa la
mercancía: especias olorosas de vivísimos colores, jabones fabricados con
laurel, miel o aceite de oliva, y unos modelos de lencería que harían sonrojar a
la hetaira más descocada del serrallo. Donde más se regatea es en el taxi: el
precio se va discutiendo a lo largo del camino. Al final, los taxistas, a través
de esa hipérbole con la que aderezan sus relatos, te dicen: "¿Qué quieres?, ¿que
no dé de comer a mis nueve hijos?". Pero el taxista se está riendo y, al
mirarle, te percatas de que su carita imberbe le incapacita para ser el
progenitor de semejante prole. Todo acaba en un apretón de manos en una ciudad
donde los autobuses no funcionan bien y están proyectando una línea de metro
para descongestionar el tráfico: de seguir así, Damasco será tan caótica como la
capital de Egipto. Eso dicen sus periódicos.
Viaje en autobús


En autobús nos encaminamos hacia Palmira. Los autobuseros nos colocan en las
primeras filas del vehículo, adornado con flores de plástico y flecos dorados.
Nos ofrecen té. Me dan un pañuelo de papel cada vez que carraspeo. Nos
advierten: "Look, camels". Se ríen si me sonrío ante la ingenuidad sentimental
de los vídeos musicales: un chico le canta a una chica con la que contraería
matrimonio si no fuera porque ella antes muere de una enfermedad cardiaca. Así
entretienen los casi 250 kilómetros de desierto que distan hasta Palmira. Por el
camino, sobre microscópicos oasis, distingo por los menos tres tenderetes con un
rótulo que me devuelve a la memoria una canción, la de Bagdad Café.
La visita a Palmira comienza en el castillo árabe. Desde allí las puestas de
sol son púrpuras y se capta una panorámica privilegiada: dentro del laberinto
del desierto, a la izquierda se alza la nueva Palmira como una ciudad de
película del Oeste; en el centro, el verde opaco del oasis; a la derecha, el
templo de Baal y las rosáceas ruinas romanas del recoleto anfiteatro, el arco
monumental, la columnata, el Senado, el tetrapilo. Desde esta perspectiva el
conjunto se ve como si fuera una maqueta. Un poco más allá, diseminada por las
colinas, la necrópolis: los hipogeos, los templos-tumbas y las torres funerarias
de varios pisos en los que se distribuyen los loculi, nichos que permiten
apilar a los muertos. La modernidad del planteamiento aterra. La torre funeraria
más representativa es la de Jamblico, en la que se podían colocar en sus cuatro
pisos 200 cuerpos. Entre los hipogeos destaca el de los Tres Hermanos, con sus
frescos inspirados en la mitología griega.
El templo de Baal


Para desplazarse por Palmira se puede alquilar una furgoneta con chófer: el
nuestro, habilísimo, detiene con un peine una humareda que sale de la caja de
cambios. La asequibilidad de la maqueta contemplada desde el castillo se
transforma en conciencia de la propia finitud a la entrada del templo de Baal,
después reconvertido en Zeus, el Baal mesopotámico respaldado por los dioses del
sol y la luna. Las piedras transmiten el temblor de los animales sacrificados:
quedan los cauces de un sistema de canalización para evacuar la sangre. Nos
relata la grandeza de Palmira, su valor como nudo de distintas rutas comerciales
a lo largo del tiempo, la ambición de Zenobia, el saqueo mongol, el
descubrimiento de la novia de desierto por arqueólogos de países
europeos, nos lo relata todo un guía que, sin lápiz electrónico, utiliza el
fragmento irregular de un espejo para ir señalando las exquisiteces de un templo
híbrido en su estilo, síntesis de lo tribal y lo occidental: el patio cercado
por una muralla, el períbolos, rematada con dentículos característicos de la
arquitectura mesopotámica; el santuario donde se veneraba a la Trinidad de
Palmira; columnas cuyo fuste y capitel están tallados sobre la misma piedra;
relieves, con restos de coloración, de figuras antropomórficas, animales y
alimentos del oasis...
Las explicaciones del guía nos embelesan. Su inglés es tan pacífico que nos
produce la falsa sensación de que lo dominamos; su espejuelo, tan hipnótico que
aún no sabemos si hemos regresado de este sitio en el que un beduino nos ofreció
su hospitalidad al lado de un manantial, ya seco, de aguas sulfurosas. Tuvimos
que rechazarla: el autobús de las flores de plástico no podía esperarnos
más.elviajero elpaís Marta Sanz
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Por la que brilla el sol



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MensajeTema: Re: Espejismos de Damasco   Dom Ago 31, 2008 12:25 am

Rolling Eyes leyendo ese artículo me dan ganas de viajar a Siria

gracias
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