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 Las 'bondades' de la guerra

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MensajeTema: Las 'bondades' de la guerra   Dom Feb 08, 2009 11:39 pm

Las 'bondades' de la guerra

Internet, la quimioterapia o la comida enlatada demuestran que también de la mayor de las barbaries se pueden obtener grandes avances

JON GARAY| BILBAO
La primera batalla de la que se tiene constancia data del año 1469 a.C y tuvo como escenario Megido, en la actual Siria. Tutmosis III, el faraón de Egipto, fue el gran protagonista del comienzo de una historia, la de la guerra a gran escala, en la que el ser humano ha mostrado su peor cara. Desde entonces, millones de personas han caído víctimas de este sinsentido. Sin embargo, incluso de este instinto de destrucción puede extraerse un lado más positivo. La tecnología, con Internet o la conquista del espacio; la medicina, con la penicilina o la quimioterapia, y la industria alimentaria, con productos tan comunes en estos tiempos como la comida enlatada, indispensable para el sustento de las grandes ciudades, son algunos de los sectores que más se han beneficiado de los esfuerzos humanos por acabar con sus congéneres.
Ordenadores y cohetes
La red de redes es seguramente el caso más claro de esta peculiar relación entre la guerra y los avances sociales. Su origen se sitúa en 1969, cuando el Ejército estadounidense decidió desarrollar un sistema de almacenamiento de información que no dependiera de un solo ordenador. De esta forma, en caso de que una de estas máquinas sufriera algún contratiempo, los datos contenidos en la misma no se perderían. Así nació Arpanet, el embrión de esa red mundial que ha puesto en contacto al mundo entero.
También los propios ordenadores deben su existencia a la guerra. Los primeros esbozos de estas máquinas surgieron de la mente del matemático inglés Alan Turing, el hombre que logró descifrar el célebre código 'Enigma' de los alemanes (en realidad, 'Enigma' era una especia de máquina de escribir de diez kilos que permitía redactar mensajes cifrados). Gracias a sus esfuerzos contra los nazis (y a sus teorías para confirmar los teoremas sobre lógica de Kurt Gödel), así como a la nueva orientación que les dio tras la II Guerra Mundial John von Neumann, nacieron las computadoras.
Este último conflicto bélico se halla igualmente en el comienzo de la carrera espacial, al menos en lo que a los norteamericanos se refiere. La presión de los nazis hizo que algunos de los principales cerebros de Europa emigrasen al otro lado del Atlántico para ayudar en el esfuerzo bélico. Einstein fue el caso más llamativo, pero seguramente no sea tan conocido que tras el conflicto, y sabedores de los grandes progresos que Werner von Braun había hecho con las V-2 que sacudían Londres, reclutaron a este científico para que desarrollara su programa espacial. Los misiles, en definitiva, fueron el campo de pruebas para la aventura más allá de la Tierra.
Aceite hirviendo
Otro de los campos que más se han beneficiado por las barbaridades de la guerra ha sido la medicina. La cirugía, dadas las terribles heridas que se infligían en el transcurso de los combates, es un claro ejemplo de ello. Así, hasta bien avanzado el siglo XVI la doctrina de los humores establecida por Galeno en el siglo II d. C. seguía imperando en Europa. Las laceraciones derivadas de los combates se 'trataban' por el método de verter aceite hirviendo sobre las mismas para aplicar después unos emplastos que equilibrarían los famosos humores. Tuvo que ser un médico francés de campaña, Ambroise Paré (1509-1590), quien se percatara de que una 'cura suave' resultaría más efectiva y de que la pólvora no transmitía ninguna infección.
En una ocasión en la que escaseaba el aceite para 'curar' a los heridos, este médico tuvo que arriesgarse a tratar a algunos de ellos desinfectando las heridas y aplicando un apósito. El resultado, a pesar de los temores iniciales del galeno, demostró que este nuevo método era mucho más efectivo que el anterior. Éste sólo fue un primer paso en la carrera por reducir las bajas por enfermedades o consecuencia de las heridas, que hasta el conflicto de Crimea (1854-56) eran muy superiores a las producidas en combate (la proporción era de cinco a uno a favor de las primeras, según el historiador Gérard Chaliand).
Un caso especialmente llamativo de este relación entre la medicina y la guerra es el de la quimioterapia. La idea de que los fármacos podían curar el cáncer surgió de observar los efectos de un arma química, el gas mostaza, sobre los soldados en la I Guerra Mundial. Los combatientes afectados por esta sustancia vesicante (así llamada por las grandes ampollas que provoca) presentaban niveles muy bajos de glóbulos blancos, cuya descontrolada acción es responsable, por ejemplo, de la leucemia. Así, resulta que fue un letal gas el que permitió dar con el tratamiento contra el cáncer.
Igual de importante es el caso de la penicilina. Su origen no tiene que ver con la guerra, pues fue un descuido el que hizo darse cuenta a Alexander Fleming de las capacidades bactericidas de un hongo (Penecillium notatum) con el que estaba trabajando. Pero el científico británico albergaba muchas dudas de que pudiera producir esta sustancia de forma masiva. Sería el esfuerzo británico en la II Guerra Mundial el que posibilitaría su uso generalizado entre los soldados y su salida al mercado en fecha tan temprana como 1946. Desde entonces, los antibióticos han salvado miles de vidas.
Un último ejemplo lo constituye el tratamiento contra la malaria. La corteza de quino, el remedio más extendido tradicionalmente, era conocido desde el siglo XVII, pero su suministro era muy limitado y tenía un sabor horrible. Las primeras investigaciones modernas comenzaron en 1820, cuando dos químicos franceses lograron extraer de la quina el alcaloide de la quinina. La producción comercial se inició en esa misma década, haciéndose los primeros experimentos importantes entre los soldados franceses desplazados en el norte de África. Su objetivo, una vez más impulsado por la guerra, era penetrar en el interior de este continente, hasta entonces inexplorado por los europeos.
La comida enlatada
El suministro de víveres para las tropas ha sido uno de los grandes problemas que han tenido que resolver los estrategas militares. Y sus esfuerzos por alimentar a los ejércitos han servido de modelo para las grandes ciudades, que han venido creciendo espectacularmente desde el siglo XVIII.
Una vía novedosa -y hoy en día imprescindible- para ello fue la comida enlatada, que llena las estanterías de los supermercados y las despensas de casi todos los hogares. Alejadas de las zonas de suministro y sometidas a campañas cada vez más largas, la única forma de proveer a las tropas fue idear un nuevo método de conservación que evitara que los alimentos se perdiesen. Lazaro Spallanzani fue el primero en percatarse de que las bacterias no se generaban de forma espontánea, de manera que si se las eliminaba mediante calor antes de precintar la comida, no podrían estropearla. Así surgió el enlatado, resultado de calentar y cerrar herméticamente el alimento.
Lo mismo puede decirse del embotellado, debido en este caso a un confitero parisino, Nicolas Appert, que llevaba tiempo estudiando los efectos del azúcar en la conservación. La leche enlatada (o condensada) sirvió para abastecer a los ejércitos del Norte en la guerra civil norteamericana. El gran público no tardaría en beneficiarse de estos avances: las primeras sardinas enlatadas salieron a la venta en Nantes en 1820. A modo de anécdota, el famoso explorador Henry Morton Stanley logró pacificar a las tribus de Tanzania entregándoles este tipo de conservas.
Las tabletas de chocolate
Los golosos también le deben alguno de sus placeres al proceso industrializador fomentado por la guerra. El caso del chocolate es una muestra de ello, pues pasó de ser una bebida de lujo a convertirse en un alimento sólido de consumo masivo desde 1847, cuando aparecieron las primeras tabletas. Fueron los cuáqueros, expulsados de la vida civil en la Inglaterra de la época victoriana, los que vieron las posibilidades de este lucrativo negocio. Y ya en la II Guerra Mundial, éstas fueron modificadas para resistir temperaturas tropicales, de forma que los soldados pudieran cumplir sus misiones en esas regiones.
Un último ejemplo lo ofrece la margarina. Fue Napoleón III quien organizó un concurso de ideas ante la escasez de aceite que tenía el ejército para sus armas. El ganador fue Hippolyte Mége-Mouriés, que mezcló grasa de vaca con leche descremada y le echó un trocito de ubre de este animal. Llamó al resultado 'margarina' porque pensó que su brillo desvaído y mantecoso recordaba al de unas perlas conocidas como 'marguerites'.
Estos son sólo algunos ejemplos de la vertiente positiva que puede tener la guerra. Nada más paradójico que del mayor esfuerzo por aniquilar a otros seres humanos puedan surgir creaciones que preservan la vida y ayudan a avanzar a la sociedad. Como dejara escrito Fedor Dostoiesvki en los 'Hermanos Karamazov', «el corazón del hombre es el campo de batalla entre dios y el demonio».
http://www.elcorreodigital.com/alava/20090209/sociedad/bondades-guerra-20090209.html
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