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Historia del Egipto Faraónico
 
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 Siguiendo ríos El Nilo Azul

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Semíramis
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MensajeTema: Siguiendo ríos El Nilo Azul   Dom Ago 05, 2007 11:54 am

Al compararlo con el Nilo Blanco, el Azul es un río muy corto, pues tan sólo hace un recorrido de 800 kilómetros hasta verter sus aguas en las del primero, bajo el puente de Ondurman, a las afueras de Jartúm. Lo que sucede es que, una vez fundidos los dos caudales en lo que se llama el Gran Nilo, al curso de agua le esperan todavía 2.800 kilómetros de desierto hasta alcanzar el Mediterráneo. De modo que podría decirse que el Azul cubre una distancia de unos 3.600 kilómetros en tanto que la longitud del gigante Blanco es de algo más de 6.670. Sin embargo, el pequeño Azul es un río muy bravo y muy peculiar. Y la cultura y la historía que lo rodean son también muy diferentes a las de su hermano. Si el Blanco tiene un carácter sagrado desde los tiempos faraónicos, del que hoy hablamos podría decirse que emana misticismo.
Y lo hace ya desde su nacimiento, en las montañas etíopes de Cojam, al sur del lago Tana, a una altura de más 3.000 metros sobre el nivel del mar. Allí mismo, alrededor de una pequeña fuente de piedra en la que se ha colocado un caño, y que es el lugar de donde brota el Azul de unos grandes lagos subterráneos, vive una comunidad de monjes ortodoxos que bendice el chorro de agua todos los días y, de cuando en cuando, echa gallinas muertas al primer remanso que forma el río como una especie de rito de fertilidad.
Etiopía, la cuna de este curso fluvial, es una nación absolutamente distinta a todas las africanas. Se trata de un país de religión cristiano-ortodoxa, teñida en su caso de influencias musulmanas y judías, que debe obediencia a la Iglesia Copta de Egipto, cuya sede principal está en Alejandría. Etiopía, como alguien escribió una vez, es una isla cristiana rodeada por un océano islámico. A causa de su credo, su iconografía y sus ritos, en Etiopía el viajero puede creer que se encuentra en el corazón del antiguo Bizancio. Etiopía es, además, el único país subsahariano que cuenta con una lengua escrita propia, en su caso en caracteres cirílicos: el amárico. El idioma posee un precedente del siglo XIV: el «gue´ez», que no se habla, pero se canta y se lee, como nuestro latín.
El Azul baja desde Cojam como un arroyo manso de montaña y no puede navegarse en este primer tramo. Unos cincuenta kilómetros más abajo y perdiendo unos 1200 metros de altitud, se hunde en un lago de aguas poco profundas: el Tana. Este espacio lacustre es el mayor de Etiopía, con una superficie de unos 3.000 kilómetros cuadrados, más o menos como la isla de Mallorca. De la orilla occidental a la oriental, mide 65 kilómetros, mientras que son 85 los que van de norte a sur. A bordo de un barco que navegase a diez nudos de velocidad (18 kilómetros por hora más o menos), en cinco horas podría recorrerse la distancia que separa la ciudad más importante de la orilla sur, Bahr Dar, con la que se sitúa al norte, Górgora. Pero no existen barcos que hagan el recorrido directamente.
Lo que sí existe es un barco que parece diseñado especialmente para viajeros libres: un viejo trasbordador que, una vez por semana, parte de Bhar Dar hacia Górgora; y que, una vez por semana, regresa de Górgora a Bhar Dar. Pero no tarda cinco horas, sino día y medio. Y ello se debe a que se trata de una especie de «lechera», que recoge y suelta pasajeros y mercancías en los poblados de las islas y de las orillas.
Viajar a bordo de esa nave destartalada y de motor carrasposo, a mil ochocientos metros de altura, sobre aguas tranquilas, y de cuando en cuando rodeado de «tankwas» -barquichuelas hechas con hojas de papiro trenzado, cuyo diseño puede tener mil años de antigüedad- reconcilia el deseo de aventura con la sensualidad del mundo. Bandos de pelícanos blancos pescan en las orillas, los pasajeros combaten el aburrimiento con danzas y cantos en los que intentan integrar al extranjero; y los atraques en las islas del recorrido dan tiempo suficiente para visitar pequeños monasterios copto-ortodoxos en islas como Deq o Kebrane Gabriel. Casi en cada una de las islas del Tana, y son 37, hay un monasterio con unos cuantos monjes. En general, son hombres y no permiten la visita de mujeres a sus templos. Pero, en los últimos años, han surgido un par de comunidades de monjas, que por supuesto no aceptan las visitas de los hombres a sus iglesias.
Bahr Dar, en la orilla sur del lago, es la más bulliciosa y alegre ciudad de Etiopía, con un gran mercado lleno de gente en todo momento durante las horas de luz. Merece la pena quedarse en Bahr Dar unos días y disfrutar del ambiente del hotel Ghion, en donde los viajeros comparten cervezas frías con la gente local, en tardes inolvidables, perfumadas por las flores del jardín junto al lago.
En el extremo oriental de la ciudad, el Nilo Azul, que ha entrado en el Tana por la orilla occidental, sale con un caudal mucho más ancho para dirigirse al sur. Desciende con mansedumbre durante algo más de treinta kilómetros hasta que, bruscamente, su curso encuentra un cambio de nivel del terreno y se precipita desde una altura de cuarenta metros en las imponentes cataratas de Tis Isat. En su caída, estos saltos levantan una gran cortina de vapor de agua y su nombre no puede ser más expresivo, pues Tis Isat se traduce como «el humo sin fuego».
A partir de ese lugar, el manso río parece volverse loco. Entra en una sucesión de hondas gargantas rodeadas por selva, forma broncos rápidos y se despeña en abismales barrancadas. Abundan las serpientes, sobre todo las boas y las venenosas mambas, y también leopardos y cocodrilos.
El Azul gira entonces hacia el Oeste, de nuevo se serena y atraviesa llanuras boscosas alejadas de las poblaciones. El viajero se ve obligado a utilizar autobuses o taxis colectivos, pues en esta zona no hay ningún barco de pasaje. Pero transitar en autobús por los campos etíopes es una experiencia extraordinaria, pese a la incomodidad de los viejos vehículos, las carreteras sin asfalto, los frecuentes pinchazos, el polvo y el calor. Si las plazas del coche son cincuenta, pongamos por caso, es probable que al menos viajen más de cien pasajeros, siguiendo la vieja norma africana de que allí donde cabe una persona pueden entrar un par de ellas más.
Chagní y Pawe son las poblaciones más grandes de estas regiones y hay algunos hotelitos muy modestos en donde alojarse. Como por esta zona no suelen viajar turistas, la comunicación con la gente es inmediata, ya que el extranjero despierta siempre la curiosidad.
Pero hay que tener cuidado. Porque se trata de una región habitada por una etnia que lleva el nombre de «shankilla». Y los hombres «shankillas», tradicionalmente, han honrado a sus mujeres regalándoles los órganos sexuales de los extranjeros que lograban capturar y matar, para que ellas adornasen las paredes de la casa con los trofeos, la mejor expresión de amor de sus esposos. Por supuesto que tal costumbre está perseguida por las autoridades pero, de cuando en cuando, desaparece un extranjero por estos pagos. Y sus atributos de entrepierna acaban en la pared de una choza.
El río cruza a Sudán en Bambudi, una zona peligrosa por la guerra que una vez tras otra estalla entre los sudaneses del sur, animistas y negros, con los sudaneses del norte, musulmanes y esclavistas. Desde allí, camino de Jartum, el río atraviesa las presas de Rossieres y Sennar. Brioso, azulado por los residuos vegetales que arrastra, acaba por rendir, en Omdurman, sus aguas al Blanco, para formar el Gran Nilo que, entre desiertos inclementes, llegará al Mediterráneo.
Wadi Halfa es la capital de Nubia y la última población antes de llegar a Egipto. Allí comienza el pantano Nasser, que dejó bajo el agua la antigua Halfa, y es posible navegar una vez a la semana hasta Asuán. La ciudad nueva es destartalada y pobre, pero se llena de vida cuando atraca el barco que viene de Asuán. En ese momento, aterriza el avión de Jartúm, el tren que llega de la misma ciudad y multitud de pequeños transportes venidos desde puntos diversos del interior sudanés. Halfa se convierte en una batahola de voces y se abren cafetines al aire libre en los que se ofrece té y se guisan kebabs de cordero y estofados de lentejas amarillas. La ciudad destartalada se transmuta en una fiesta. Al día siguiente, parten el tren y el avión y zarpa el barco, y Wadi Halfa enmudece una semana.
Desde allí, navegando en el ferry, se cruza junto al templo de Abu Simbel, trasladado de lugar cuando se levantó la presa, y se alcanza Asuán, una ciudad en donde, de pronto, parece respirarse un aroma de delicados jazmines. El río puede bajarse en faluchos de vela o barcos de lujo, hasta Luxor, y luego, hasta El Cairo. Es zona de ruinas ancianas, de templos del antiguo Egipto, de huertos que se van bebiendo el Nilo sorbo a sorbo, hasta dejarlo exangüe.
Y al fín, asoma El Cairo, esa ciudad extraordinaria en donde todo es visible al mismo tiempo que es secreto, batida por el sol y encerrada entre cortinajes. Hay pocas ciudades como la capital del Egipto moderno, una ciudad que no se explica sin el Nilo. Pero esa es otra historia que escapa de estas páginas.
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