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 Beppo, Verlaine, Képler y otros gatos

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MensajeTema: Beppo, Verlaine, Képler y otros gatos   Mar Feb 09, 2010 10:56 pm

Beppo, Verlaine, Képler y otros gatos

Tribuna | CARMEN BUSMAYOR

escritora

Que el gato es un animal de compañía, y de mucha compañía en nuestros días no se cuestiona. No obstante su importancia o consideración social ha variado a lo largo del tiempo. Así en el antiguo Egipto, denominado genéricamente con la onomatopeya MIW, el felino era venerado y adorado hasta tal punto que en su muerte la familia se ponía de luto, llegando incluso a rasurarse las cejas, y en el caso de los pudientes a momificarlo. Es más, en aquella época se levantaron cementerios especialmente a ellos dedicados. Asimismo en la Roma clásica, aunque no tanto, fueron bien acogidas dichas criaturas.

Pero lejos de este aprecio, excesivo en lo referente a Egipto, se situó la iglesia católica en el siglo XV, al considerarlos animales diabólicos, sobre todo si eran de color negro, penalizando a sus propietarios, acusados de brujería. Menos mal que esa actitud ha cambiado hasta el punto de encontrarnos en la actualidad con papas muy gateros como le pasa a Benedicto XVI. No obstante de aquí, tal vez, proceda la superstición que atribuye mala suerte al hecho de cruzarte con un gato, sobre todo si es negro, cuando manejas un volante. Aunque, frente a tal superstición existe otra más animosa protagonizada por los marineros, quienes los suben a bordo porque creen que les traen suerte, cosa que es evidente si pensamos que en el caso de la existencia de ratas, ratones y otros seres menudos se los papan.

Ahora bien, con independencia de lo expuesto en diversos medios de comunicación por el muy gatófilo Antonio Burgos, glosador de sus numerosas cualidades, dentro de los gatos conviene distinguir entre el gato urbano y el rural. Pues el rural es paladín de la libertad, como lo demuestran las antiguas gateras en puertas, paredes y tejados o la apertura de la puerta entera a ciertas horas en la actualidad. Se trata de un felino que va, viene, entra, sale, interviene en corrillos, se amista o enemista con sus colegas, se liga, se desliga, se sube a los árboles, salta. Por el contrario, el gato ciudadano tiene un círculo relacional y de movimiento muy reducido, limitado casi siempre a las cuatro paredes.

Sí, sí los mininos, gracias a su embrujo, siguen ocupando, pese a que todavía molan más los canes, un espacio en nuestra vida cotidiana ya real, soñada o inventada. Tanto es así que han protagonizado y protagonizan relatos literariamente muy interesantes, tal recoge el libro Las mejores historias sobre gatos editado por Siruela debidos a escritores de la talla de Zola, Doris Lessing, Kipling, Patricia Highsmith, M. Twain... Historias antecedidas algunas de ellas por las tan populares del inteligente y astuto Gato con botas, de andar un tanto zongolotino, los enhambrecidos y escrupulosos Micifuf y Zapirón, Félix el gato con su dilatada sonrisa y Tom, de Tom y Jerry .

En fin, como digo son muchas las personas que ponen o han puesto un gato -“o varios, incluso toda una colonia, según dan fe la filósofa María Zambrano con 70 y Hemingway con 57-” en su vida, con cascabel o sin él, algunas igualmente bien notables como John F. Kennedy, Clinton, Pablo Casals y los escritores Julio Cortázar, propietario de la gata Flanelle a la que dedicó muchas de sus horas parisinas y Jorge Luis Borges entregado a sus gatos Beppo y Odín, de elegante aire porteño, además del Premio Nobel Hermann Hesse y el locatis, provocador y practicante, siempre según él, del sexo tántrico, Fernando Sánchez Dragó, quien en su blog «Dragolandia» en un tono presumido afirma estar «encoñado» con su gato Soseki al que ha llevado a la feria de abril a Sevilla en el AVE, costeándole un billete completo (se nota que tiene dinero), algo que en adelante ya no podrá repetir debido a la «orfandad» o enorme desamparo en el que acaba dejarlo.

Pero más que a estos gatos excesivamente aireados me interesa referirme a la pacífica gatería que el bondadoso y coherente editor Jesús Moya tenía en el sótano de la madrileña editorial Endymion ; también al dúo poético formado por Verlaine y Keats, peripatéticos vigilantes de la casa-museo de los poetas y artistas plásticos Juan Carlos Mestre y Alexandra Domínguez, a los que regalan momentos, risas, atenciones, charlas y pequeñas riñas, más que nada al revoltoso, altanero, sibarita y esquivo Keats y también, al dúo científico-ecológico, como lo define mi amigo Jorge de Orueta, y yo designo todoterreno Képler y Galileo, pertenecientes al escritor lacianiego Julio Álvarez, deportiva pareja que ni siquiera estos días de la gran nevada han dejado de acompañar a su dueño desde Meneza a Villablino para comprar el pan y el periódico a través del atajo entre los robles denominado Senda del Oso y más tarde ascender al manzano podado que se levanta en el jardín para atisbar con mayor cercanía las alturas.

Todo sea por estos gatos y los otros, los callejeros, desasistidos, perseguidos o maltratados. Que la vida es muy gatuna. O perruna. ¿Qué digo?

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=507235
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