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Historia del Egipto Faraónico
 
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 LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE EN EL ANTIGUO EGIPTO

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HERJUF



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Fecha de inscripción : 12/05/2010

MensajeTema: LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE EN EL ANTIGUO EGIPTO   Mar Ago 17, 2010 5:29 am

LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE
EN EL ANTIGUO EGIPTO

http://www.institutoestudiosantiguoegipto.com/BIBLIOTECA%20HC/B/blasco%20torres-muerte.html

La concepción de la muerte en la cultura egipcia, como en una gran cantidad de culturas, parte de la idea de que, al morir, el individuo no deja de existir, sino que es conducido a un nuevo estado: la realidad ontológica del individuo no desaparece, sino que se da en unas nuevas condiciones. De esta idea básica surge, por tanto, la creencia en un Más Allá, íntimamente relacionada con el concepto de cosmos de la cultura egipcia, y desempeñando en este sentido algunos dioses (en este caso, entre otros, el dios Osiris) funciones esenciales. Aunque generalmente se caracteriza a los egipcios como un pueblo obsesionado con la muerte, puesto que los monumentos más conocidos de la cultura egipcia son sus monumentos funerarios (las distintas pirámides de los Reinos Antiguo y Medio y los hipogeos reales), un atento examen de las fuentes arqueológicas egipcias y de los textos que conservamos manifiesta una idea totalmente diferente de la concepción ontológica de la muerte en el Antiguo Egipto.



LA MUERTE COMO MANIFESTACIÓN DEL CAOS

De acuerdo con la concepción egipcia, el universo es un equilibrio constante de las fuerzas opuestas de orden y caos. De este modo, los cambios, las manifestaciones del orden o del caos, son partes de una secuencia prevista, se conciben en términos cíclicos, siguiendo siempre al caos el restablecimiento del orden. Para los egipcios, la muerte era un cambio, una manifestación del caos; para que tenga lugar el restablecimiento del equilibrio del universo, debe integrarse, por tanto, en un orden. Así pues, la muerte no es el final de la vida, sino su interrupción; supone un tránsito, un cambio de estado, una etapa de cada individuo, pero no el final de la existencia del propio individuo. La idea del universo como un conjunto equilibrado de las fuerzas de caos y orden aparece, también, en la cultura griega; la propia palabra griega cosmos, además de universo, significa orden: de acuerdo con la concepción ontológica griega, el universo se hallaba en perfecto orden[1]. Esta idea tanto egipcia como griega de que el universo es un equilibrio de fuerzas opuestas, teniendo lugar los cambios de forma cíclica, está íntimamente relacionada con una concepción circular del tiempo: los cambios se dan de manera cíclica y constante, y el tiempo no tiene principio ni fin[2]. Esta idea puede analizarse, por ejemplo, en el caso de la cultura egipcia, en la figura del Faraón: cuando un determinado rey había muerto, se convertía en Osiris, y el nuevo rey subía al trono como Horus, el hijo de Osiris. El dios Horus se encarnaba continuamente en la figura del Faraón, y los nombres de los reyes individuales servían sólo para designar las encarnaciones sucesivas, tratándose en realidad siempre del mismo dios, de Horus[3]. De esta forma, en la cultura egipcia, la idea sobre el carácter cíclico de los cambios en la naturaleza, al tratarse el cosmos de un equilibrio de fuerzas opuestas, y la idea del carácter circular del tiempo, que conduce a su vez a la concepción de la creación como proceso de ordenación del cosmos y no como creación ex nihilo, influyeron de forma indudable en la concepción ontológica de la muerte[4]. Al ser la muerte un cambio de estado en el individuo, es una manifestación del caos, y por eso este cambio debe ser reconducido a un orden, a un nuevo estado de equilibrio. Así pues, para los antiguos egipcios, tras la muerte el individuo es conducido a una nueva forma de vida; el difunto vuelve a estar en plenitud, y de hecho puede participar en el mundo de los vivos. Ya desde el tercer milenio a.C., se creía que un muerto convertido en aj podía actuar a favor de los vivos: los egipcios, aunque creían que los difuntos dependían de sus tumbas y se manifestaban en sus baw, también se referían a ellos como ajw, como seres sobrenaturales, ya integrados en el orden cósmico: a pesar de que la tumba era un receptáculo para el difunto, un lugar para la transfiguración, la existencia del difunto no quedaba limitada a la propia tumba. Los vivos podían solicitar, por tanto, ayuda a los muertos, a pesar de que éstos pudieran estar en otra dimensión. Éste es un tema ampliamente documentado en los textos egipcios, como en el caso de la Instrucción de Amenemes a su hijo Sesostris, texto en el que el rey muerto, Amenemes, le relata su propio asesinato a Sesostris; y, en el papiro judicial de Turín, en el que el faraón Ramsés III, ya difunto, nombra a los miembros del tribunal que deben juzgar a los responsables del intento de su propio asesinato. Además, del mismo modo que en vida un egipcio común necesitaba a menudo ganarse la protección de algún alto oficial para encarar un pleito, se creía que el espíritu de estos hombres podía ser igualmente influyente en el Más Allá, y por eso la gente depositaba ofrendas en sus tumbas o colocaba en ellas estatuas y estelas. Las cartas que los egipcios escribían a sus familiares muertos a veces están relacionadas con problemas legales, como disputas por un bien, considerándose que los difuntos podían ayudarles siguiendo su caso en una especie de tribunal divino paralelo. También, algunas de las cartas revelan que se creía que los difuntos conservaban el carácter que habían demostrado en vida. El hecho de que se creyera que un muerto ya como aj pudiera actuar a favor de los vivos implica, ya de por sí, un esfuerzo por parte del individuo de compresión de lo irracional; comúnmente, se pensaba que los difuntos se manifestaban en la tierra en la forma de sus baw, y que como ajw no mantenían contacto con la humanidad. A los difuntos se los veía como estrellas del norte, ya que las estrellas circumpolares, al no ponerse nunca, eran consideradas inmortales. Debe tenerse también presente que a los difuntos, como ajw, como espíritus transfigurados, nunca se los representaba, porque vivían en una esfera que no estaba al alcance de la comprensión humana[5].

Uno de los rasgos esenciales de las sociedades de discurso mítico-religioso, como la cultura egipcia, frente a aquellas sociedades de discurso lógico-científico[6], es la repetición frente a la singularidad. Como se afirma en VV. AA., Antropología de la religión. Una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas (Barcelona, 2003, págs. 102-107), para el individuo de discurso mítico-religioso el mundo real está constituido por objetos que responden a arquetipos, y a acciones que repiten actos primordiales: el mundo está caracterizado, en definitiva, por un eterno retorno. Para estas sociedades, sólo tiene entidad sustantiva,,sólo es real, aquello que participa de un algo trascendente creado o instituido en (…) el tiempo primordial. Aquello que no obedece a esta dinámica, es decir, lo profano, (…) es irrelevante; (…) la originalidad, la idea de que algo pueda tener valor por sí mismo, (…) no tiene cabida en el mundo del discurso religioso. Esta idea tiene importantes consecuencias en la concepción ontológica egipcia de la realidad en general y de la muerte en particular. El individuo mítico-religioso, como se expone en VV. AA., Antropología de la religión. Una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas (Barcelona, 2003, págs. 102-107), sólo considera los hechos que pueden ser reconducidos a arquetipos; éstos son los hechos reales, y los hechos profanos no interesan. Al reconducirse los hechos particulares a arquetipos, se anula su particularidad, su contingencia histórica, y se convierten en uno junto con el arquetipo. El decurso histórico se resuelve en un único punto: el tiempo primordial. La singularidad se anula a favor de la repetición; en la cultura egipcia, por tanto, ni el tiempo histórico, ni el género histórico existen. De este modo, las guerras de los diferentes faraones contra los enemigos de Egipto se consideran en cierto modo la repetición del mito de Horus que vence a Set, y el cumplimiento, la imposición, del orden cósmico, de la armonía cósmica, frente al caos. Es por eso por lo que estos hechos se representan siempre de la misma forma, forma que no cambia desde la época predinástica final hasta el período grecorromano: el Faraón aplastando a los enemigos vencidos con la maza en alto. Es por eso también por lo que no se llevaban a cabo biografías de los reyes de Egipto: la historia del Faraón es, como ya se ha mencionado, la historia mítica de Horus, el Rey vivo, y de Osiris, el Rey muerto[7]. Es en la característica de la repetición frente a la singularidad donde, en última instancia, subyace la concepción ontológica de la muerte: en el Antiguo Egipto, la muerte es una manifestación del caos, parte de un esquema cíclico predecible, con la que cada persona será conducida a un nuevo estado de equilibrio.

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Maat



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MensajeTema: LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE EN EL ANTIGUO EGIPTO   Mar Ago 17, 2010 11:58 pm

gracias por el pdf.


saludos a todos/as
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ATON



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MensajeTema: Re: LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE EN EL ANTIGUO EGIPTO   Jue Sep 09, 2010 1:43 am

Me ha resultado interesante la lectura del pdf

saludos
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sacerdote de Amon



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MensajeTema: Re: LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE EN EL ANTIGUO EGIPTO   Mar Oct 05, 2010 2:20 am

HERJUF escribió:
LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE
EN EL ANTIGUO EGIPTO

http://www.institutoestudiosantiguoegipto.com/BIBLIOTECA%20HC/B/blasco%20torres-muerte.html

La concepción de la muerte en la cultura egipcia, como en una gran cantidad de culturas, parte de la idea de que, al morir, el individuo no deja de existir, sino que es conducido a un nuevo estado: la realidad ontológica del individuo no desaparece, sino que se da en unas nuevas condiciones. De esta idea básica surge, por tanto, la creencia en un Más Allá, íntimamente relacionada con el concepto de cosmos de la cultura egipcia, y desempeñando en este sentido algunos dioses (en este caso, entre otros, el dios Osiris) funciones esenciales. Aunque generalmente se caracteriza a los egipcios como un pueblo obsesionado con la muerte, puesto que los monumentos más conocidos de la cultura egipcia son sus monumentos funerarios (las distintas pirámides de los Reinos Antiguo y Medio y los hipogeos reales), un atento examen de las fuentes arqueológicas egipcias y de los textos que conservamos manifiesta una idea totalmente diferente de la concepción ontológica de la muerte en el Antiguo Egipto.



LA MUERTE COMO MANIFESTACIÓN DEL CAOS

De acuerdo con la concepción egipcia, el universo es un equilibrio constante de las fuerzas opuestas de orden y caos. De este modo, los cambios, las manifestaciones del orden o del caos, son partes de una secuencia prevista, se conciben en términos cíclicos, siguiendo siempre al caos el restablecimiento del orden. Para los egipcios, la muerte era un cambio, una manifestación del caos; para que tenga lugar el restablecimiento del equilibrio del universo, debe integrarse, por tanto, en un orden. Así pues, la muerte no es el final de la vida, sino su interrupción; supone un tránsito, un cambio de estado, una etapa de cada individuo, pero no el final de la existencia del propio individuo. La idea del universo como un conjunto equilibrado de las fuerzas de caos y orden aparece, también, en la cultura griega; la propia palabra griega cosmos, además de universo, significa orden: de acuerdo con la concepción ontológica griega, el universo se hallaba en perfecto orden[1]. Esta idea tanto egipcia como griega de que el universo es un equilibrio de fuerzas opuestas, teniendo lugar los cambios de forma cíclica, está íntimamente relacionada con una concepción circular del tiempo: los cambios se dan de manera cíclica y constante, y el tiempo no tiene principio ni fin[2]. Esta idea puede analizarse, por ejemplo, en el caso de la cultura egipcia, en la figura del Faraón: cuando un determinado rey había muerto, se convertía en Osiris, y el nuevo rey subía al trono como Horus, el hijo de Osiris. El dios Horus se encarnaba continuamente en la figura del Faraón, y los nombres de los reyes individuales servían sólo para designar las encarnaciones sucesivas, tratándose en realidad siempre del mismo dios, de Horus[3]. De esta forma, en la cultura egipcia, la idea sobre el carácter cíclico de los cambios en la naturaleza, al tratarse el cosmos de un equilibrio de fuerzas opuestas, y la idea del carácter circular del tiempo, que conduce a su vez a la concepción de la creación como proceso de ordenación del cosmos y no como creación ex nihilo, influyeron de forma indudable en la concepción ontológica de la muerte[4]. Al ser la muerte un cambio de estado en el individuo, es una manifestación del caos, y por eso este cambio debe ser reconducido a un orden, a un nuevo estado de equilibrio. Así pues, para los antiguos egipcios, tras la muerte el individuo es conducido a una nueva forma de vida; el difunto vuelve a estar en plenitud, y de hecho puede participar en el mundo de los vivos. Ya desde el tercer milenio a.C., se creía que un muerto convertido en aj podía actuar a favor de los vivos: los egipcios, aunque creían que los difuntos dependían de sus tumbas y se manifestaban en sus baw, también se referían a ellos como ajw, como seres sobrenaturales, ya integrados en el orden cósmico: a pesar de que la tumba era un receptáculo para el difunto, un lugar para la transfiguración, la existencia del difunto no quedaba limitada a la propia tumba. Los vivos podían solicitar, por tanto, ayuda a los muertos, a pesar de que éstos pudieran estar en otra dimensión. Éste es un tema ampliamente documentado en los textos egipcios, como en el caso de la Instrucción de Amenemes a su hijo Sesostris, texto en el que el rey muerto, Amenemes, le relata su propio asesinato a Sesostris; y, en el papiro judicial de Turín, en el que el faraón Ramsés III, ya difunto, nombra a los miembros del tribunal que deben juzgar a los responsables del intento de su propio asesinato. Además, del mismo modo que en vida un egipcio común necesitaba a menudo ganarse la protección de algún alto oficial para encarar un pleito, se creía que el espíritu de estos hombres podía ser igualmente influyente en el Más Allá, y por eso la gente depositaba ofrendas en sus tumbas o colocaba en ellas estatuas y estelas. Las cartas que los egipcios escribían a sus familiares muertos a veces están relacionadas con problemas legales, como disputas por un bien, considerándose que los difuntos podían ayudarles siguiendo su caso en una especie de tribunal divino paralelo. También, algunas de las cartas revelan que se creía que los difuntos conservaban el carácter que habían demostrado en vida. El hecho de que se creyera que un muerto ya como aj pudiera actuar a favor de los vivos implica, ya de por sí, un esfuerzo por parte del individuo de compresión de lo irracional; comúnmente, se pensaba que los difuntos se manifestaban en la tierra en la forma de sus baw, y que como ajw no mantenían contacto con la humanidad. A los difuntos se los veía como estrellas del norte, ya que las estrellas circumpolares, al no ponerse nunca, eran consideradas inmortales. Debe tenerse también presente que a los difuntos, como ajw, como espíritus transfigurados, nunca se los representaba, porque vivían en una esfera que no estaba al alcance de la comprensión humana[5].

Uno de los rasgos esenciales de las sociedades de discurso mítico-religioso, como la cultura egipcia, frente a aquellas sociedades de discurso lógico-científico[6], es la repetición frente a la singularidad. Como se afirma en VV. AA., Antropología de la religión. Una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas (Barcelona, 2003, págs. 102-107), para el individuo de discurso mítico-religioso el mundo real está constituido por objetos que responden a arquetipos, y a acciones que repiten actos primordiales: el mundo está caracterizado, en definitiva, por un eterno retorno. Para estas sociedades, sólo tiene entidad sustantiva,,sólo es real, aquello que participa de un algo trascendente creado o instituido en (…) el tiempo primordial. Aquello que no obedece a esta dinámica, es decir, lo profano, (…) es irrelevante; (…) la originalidad, la idea de que algo pueda tener valor por sí mismo, (…) no tiene cabida en el mundo del discurso religioso. Esta idea tiene importantes consecuencias en la concepción ontológica egipcia de la realidad en general y de la muerte en particular. El individuo mítico-religioso, como se expone en VV. AA., Antropología de la religión. Una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas (Barcelona, 2003, págs. 102-107), sólo considera los hechos que pueden ser reconducidos a arquetipos; éstos son los hechos reales, y los hechos profanos no interesan. Al reconducirse los hechos particulares a arquetipos, se anula su particularidad, su contingencia histórica, y se convierten en uno junto con el arquetipo. El decurso histórico se resuelve en un único punto: el tiempo primordial. La singularidad se anula a favor de la repetición; en la cultura egipcia, por tanto, ni el tiempo histórico, ni el género histórico existen. De este modo, las guerras de los diferentes faraones contra los enemigos de Egipto se consideran en cierto modo la repetición del mito de Horus que vence a Set, y el cumplimiento, la imposición, del orden cósmico, de la armonía cósmica, frente al caos. Es por eso por lo que estos hechos se representan siempre de la misma forma, forma que no cambia desde la época predinástica final hasta el período grecorromano: el Faraón aplastando a los enemigos vencidos con la maza en alto. Es por eso también por lo que no se llevaban a cabo biografías de los reyes de Egipto: la historia del Faraón es, como ya se ha mencionado, la historia mítica de Horus, el Rey vivo, y de Osiris, el Rey muerto[7]. Es en la característica de la repetición frente a la singularidad donde, en última instancia, subyace la concepción ontológica de la muerte: en el Antiguo Egipto, la muerte es una manifestación del caos, parte de un esquema cíclico predecible, con la que cada persona será conducida a un nuevo estado de equilibrio.



hasta ahora no habia leído el artículo , me ha parecido interesante.
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MensajeTema: Re: LA CONCEPCIÓN ONTOLÓGICA DE LA MUERTE EN EL ANTIGUO EGIPTO   Hoy a las 1:30 pm

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