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Historia del Egipto Faraónico
 
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 Comenzar de nuevo en año nuevo: aprox. histórico y tradicion

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Semíramis
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MensajeTema: Comenzar de nuevo en año nuevo: aprox. histórico y tradicion   Sáb Dic 29, 2007 12:59 am

Comenzar de nuevo en año nuevo: aproximado histórico y tradición
En todas las culturas del mundo el año nuevo significa terminar con lo viejo y comenzar de nuevo, se trata de un rito universal, cualquiera que sea el momento en que se considere que comienza el año, sea el primero de enero, como en Occidente, o entre principios de marzo y fines de abril, como sucede aún actualmente en Irán, Irak, la India y otros países orientales.

En culturas aún con fuerte arraigo tradicional, la naturaleza es una manifestación de la Divinidad y por ello, son los cambios de la naturaleza los que revelan al ser humano los modos de acción de lo Divino.

Es por esto que, en la mayor parte de las civilizaciones antiguas el comienzo del año correspondía al inicio de la primavera, cuando aparecen los nuevos brotes, o al inicio del otoño, cuando se recoge la cosecha.

Pareciera que el año nuevo supone una regeneración, una repetición del momento en el que surgió el universo, y los ritos que se celebran poseen numerosos rasgos comunes, como son deshacerse de lo malo e iniciar con buenas intenciones.

Siempre al inicio del año ya sea en forma consciente o inconsciente el ser humano se propone no repetir lo que no debió hacer.

La manera en que los cristianos han celebrado el año nuevo en Occidente debe mucho a las costumbres romanas. Una vez vencida la resistencia de las autoridades eclesiásticas frente a la celebración, los rituales adoptaron un carácter cristiano.

La gente iniciaba el año nuevo bañándose y realizaba purificaciones de todo tipo: se limpia la casa, se vierte agua bendita en los rincones y en las puertas, se renueva el mobiliario, se limpia la conciencia mediante la confesión.

La Iglesia prohibió la celebración de carnavales, mascaradas (Francia, 754) y orgías, pero en secreto y durante siglos los campesinos europeos las siguieron practicando durante estos días.

Se acostumbraba observar el estado del tiempo de los doce primeros días del año o de los doce días que van de la Navidad a la Epifanía, los cuales reflejan las condiciones de los doce meses que comprende el nuevo año.

Existe una liturgia especial, la llamada Misa de Gallo, para dar gracias a Dios por los beneficios recibidos durante el año que terminaba.

Después de la misa, —conocidos y extraños— a media noche y en la calle la gente se abraza y se desea lo mejor.

Egipto fue la primera civilización en adoptar como medida de tiempo el año solar de doce meses de treinta días más cinco días sobrantes, pero su año nuevo comenzaba el 19 de julio. En esa fecha la representación del origen del cosmos duraba varias horas; en ella se narraba la historia de Isis y Osiris.

Los gobernantes, magistrados y sacerdotes se repartían los papeles, los cuales representaban portando máscaras.

Referentes históricos demuestran que en un principio los romanos celebraban el año nuevo el primero de marzo, porque consideraban que el primero de enero no se apreciaba ningún cambio en la naturaleza que presagiara el comienzo de un nuevo ciclo, pero cuando Julio César llegó a Egipto se admiró de la precisión de su calendario, por lo que pidió al matemático y astrónomo griego Sosígenes le ayudara a establecer un calendario de doce meses.

El nuevo calendario romano, conocido como calendario juliano, fue creado en el año 46 a.c.. y asignaba los cinco días sobrantes a diversos meses, de manera que había meses de treinta y de treinta y un días, descontando dos días al mes de febrero por ser considerado un mes de mal agüero. Además cambiaba el principio de año del 1 de marzo al 1 de enero.

Esto coincidía con los festejos que desde el año 153 a.c.. celebraban el primero de enero el cambio de los magistrados anuales, quienes estrenaban su nueva toga púrpura en una ceremonia que incluía el sacrificio de bueyes de color blanco.

En la misma fecha se celebraba en los campos un festival que señalaba el fin de los trabajos agrícolas llamado las Compitales.

En los linderos entre cada parcela se construían pequeños altares dedicados a los lares (espíritus que presidían los campos) y se colgaba un arado (o una réplica a escala), una muñequita de lana por cada campesino y una bolita del mismo material por cada esclavo que trabajaba en la parcela.

Se efectuaban algunos sacrificios y posteriormente tenía lugar una fiesta que duraba los dos días siguientes, acompañada de tantos excesos, que el festival de los Compitales fue prohibido dos años (64 y 45 a.C.) por temor a los disturbios populares.

Poco a poco estas fiestas decayeron hasta que el emperador Augusto, hijo adoptivo de César, las revivió en su afán por recobrar las antiguas tradiciones romanas.

A semejanza de lo que sucedía en el campo, en la ciudad se celebraba una fiesta netamente urbana.

Dada la sobrepoblación que sufría Roma, fue necesario construir edificios de varios pisos como vivienda de los plebeyos.

Cada edificio dependía de un presidente que el día de año nuevo construía un altar en el que celebraba un modesto sacrificio, seguido de la representación de comedias.

A continuación la gente bebía y bailaba por las calles de la ciudad.

El emperador Augusto recibía el primero de enero las felicitaciones oficiales de su cumpleaños, aunque había nacido un 3 de enero.

Los políticos de la época le llevaban al principio regalos simbólicos: una jarrita de miel y una monedita de oro, para que el año fuera dulce y próspero, pero más tarde los regalos se convirtieron en grandes sumas de dinero.

Regalar a los emperadores en esa fecha se hizo una costumbre tan onerosa, que posteriormente se prohibió.

Los romanos consideraban que todo lo que llevaban a cabo los primeros días de enero, era en honor del dios Jano, el amo del pasado y el futuro.

De hecho, el mes de enero o ianuarius en latín, era llamado así en honor a Iano o Jano. En su honra la gente estrenaba ropa el primero de enero.

Los maridos regalaban dinero a sus mujeres pero se quedaban con algo en la bolsa, para que Jano les fuera propicio en el ciclo anual que se iniciaba.

Los hombres procuraban cruzar con el pie derecho el umbral de la casa para tener buena suerte durante todo el año en todas sus empresas y viajes; pero si era una mujer quien daba el primer paso, acarrearía el infortunio para todos los que vivieran en esa casa.

Esto era particularmente peligroso si aquella que cruzaba primero era pelirroja.

El cristianismo surgió en la época de Augusto y a muchos cristianos les disgustaba que la celebración del año nuevo cayera inmediatamente después de las fiestas saturnales, en las que durante siete días (del 17 al 23 de diciembre) se recordaba orgiásticamente la Edad de Oro dominada por el dios Saturno.

Incluso Tertuliano, el primer escritor cristiano en lengua latina, condenó la celebración de año nuevo.

Y a pesar de que la censura cristiana se hizo oficial en dos concilios (Auxerre y Tours II), se siguió celebrando en toda Europa occidental a excepción de Inglaterra, quien unificó su calendario con el del resto de Europa hasta 1752.

Eso se debía a que el papa Gregorio XIII intentó corregir en 1582 los errores que arrastraba el calendario juliano, para lo cual se saltó del 4 al 15 de octubre del año mencionado.

El calendario gregoriano es el que usamos hasta el día de hoy.

La celebración actual del nuevo año ha perdido mucho de su carácter tradicional, aunque contiene numerosas supersticiones, es decir, restos degradados de rituales antiguos.

Por ejemplo, en los países nórdicos aún se considera casi sagrado el visitante que llega después de la medianoche del año nuevo.

Su carácter y apariencia, así como las nuevas que traiga, permitirán conocer las condiciones en que vivirá durante todo el año la familia visitada. Debe ofrecérsele lo mejor, pues tal como sea atendido así será la suerte que corran los anfitriones.

Entre otras costumbres españolas adoptadas por los pueblos hispanoamericanos está la de comer doce uvas —símbolo de prosperidad para los griegos, romanos y en general todos los pueblos mediterráneos— al sonar las doce campanadas que anuncian el inicio de año.

Si se consumen en su totalidad la suerte será buena y en caso contrario nefasta.

Muchas personas consultan a lectores de cartas con el fin de conocer el futuro que les deparan los siguientes doce meses; incluso hay una tirada de tarot dedicada específicamente a ello. Los magos son consultados y en los periódicos se publican sus pronósticos.

La pervivencia de estas costumbres, cuyo origen podemos hallar en Roma e inclusive en Mesopotamia, nos hablan de cómo el mundo moderno, ajeno a toda tradición, siente anhelo por lo sagrado.

Hasta el más indiferente ante las cuestiones espirituales participa por las razones que sean —sociales, laborales, familiares— en celebraciones de Año Nuevo, hace planes y proyectos para ser cumplidos en el ciclo que comienza —bajar de peso, ahorrar, terminar estudios, cambiar de trabajo o de corte de cabello, comprar computadora, coche o casa, casarse o divorciarse— o tiene al menos la vaga esperanza de que las cosas mejorarán pasando el primero de enero.

Considero que hoy en día el ser humano ignora la necesidad de una renovación espiritual en año nuevo como antaño sucedía; pero aun él, prisionero de lo cotidiano, busca ordenar su vida frente al desorden —político, social, económico, mental y otros— y la incertidumbre anhela comenzar nuevamente desde cero. Por eso, al sonar las doce y con el estruendo de la pólvora se brinda con la esperanza de un mejor año nuevo.
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